Cristianos libres por el Cristo del Sermón de la Montaña

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Johannes Meier
Moris Hoblaj
Dieter Potzel

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A la atención del
Papa Juan Pablo II
Ciudad del Vaticano
ROMA
ITALIA

                                                                                                                                   15 de Marzo de 2000

Muy respetado Papa Juan Pablo:

Su reconocimiento de culpa que ha hecho en conjunto con algunos cardenales ha provocado por una parte una gran sorpresa y por otra parte una gran decepción.

Ha llamado la atención el hecho de que la Iglesia, que se considera infalible, se haya decidido por fin a hacer lo que para un cristiano es lo más natural, es decir, a declarar su culpa. Lo que ha causado decepción es que haciendo formulaciones aparentemente inofensivas, usted haya evitado referirse a hechos terribles, y que con una inconsciencia enorme inculpe usted simplemente a los «cristianos» del pasado sangriento de su institución.

Quitándole importancia a los hechos cometidos, se burla usted de las víctimas, de sus errores confesados; culpando a los «cristianos» se burla usted de Jesús, de Cristo, pues muchos de sus partidarios, ante todo aquellos que Le siguen seriamente, no tienen nada que ver con la Iglesia católica romana y su pasado. Respetado Papa Juan Pablo, permítanos exponer esto en forma más detallada:

Su declaración de culpa bajo el título «Reconocimiento de la culpa al servicio de la verdad», dice: «En ciertas épocas de la historia, los cristianos permitieron algunas veces métodos de intolerancia.» Esta increíble interpretación de los hechos cometidos le corta a uno la respiración: Lo que usted denomina «algunas veces» duró desde el siglo XI hasta el XVIII. Y en todos estos siglos no se llegó sólo a «métodos de intolerancia», sino que las Cruzadas (del siglo XI al XIII) y la Inquisición (del siglo XIII al XVIII) así como la persecución de las brujas (del siglo XVI al XVIII) condujeron a la eliminación sistemática de millones de personas que fueron torturadas y quemadas. Y esto no sólo fue «permitido» por cristianos anónimos, sino que fue ordenado y llevado a cabo por los antepasados suyos con la ayuda de miles de creyentes descarriados por su Iglesia, que fueron dominados con amenazas de maldición y promesas de indulgencias.

¿Cómo quiere alcanzar la Iglesia el perdón de Dios y hacer creer que algo así no se repetirá, si su reconocimientpo de culpa no confiesa en absoluto los hechos y hace a otros responsables de ellos? En el confesionario exige usted de cada uno de sus feligreses un reconocimiento sincero, en el que se nombren los pecados de modo concreto. Una confesión, como lo es su reconocimiento de culpa, sería simplemente nula, según la enseñanza eclesiástica. La palabra «matar», que en la historia de la Iglesia reemplazó por mucho tiempo a la palabra «amar», no aparece en ninguna parte en su confesión, sino que la nombra sólo en relación con el aborto, un sector que para usted carece de peligro. Con ninguna palabra se refiere usted a los muertos de las Cruzadas, a las víctimas de la Inquisición, a las «brujas» quemadas y a los cátaros, valdenses, husitas y baptistas asesinados.

Pero ya antiguamente su Iglesia fue más lejos aún, por ejemplo, cuando su antepasado Adriano VI, en el año 1523, declaró que también en la «Santa Sede» han sucedido desde algunos años muchos hechos repugnantes. Él por lo menos no atribuyó los errores de la Iglesia a sus «hijos e hijas». ¿Acaso su Consejo de cardenales no le ha permitido declarar un sincero reconocimiento, como usted trató de mencionar en discursos anteriores? ¿Dónde quedó su reconocimiento sobre la esclavitud de los hermanos y hermanas negros, de los que usted ya habló en 1985, y el reconocimiento de los delitos en contra de los indios, que usted mencionó el año 1992? En vez de confesar que, por encargo de la Iglesia, misioneros eclesiásticos llevaron a cabo verdaderos baños de sangre entre los nativos «para honrar a Dios», habla usted fríamente de la «lógica de la violencia» a la que «cedieron los cristianos», naturalmente «al servicio de la verdad». En una confesión correcta se reconocería que: «Matamos a los indios, esclavizamos a los negros, robamos a las colonias, quemamos a herejes y brujas y en total asesinamos brutalmente a millones de personas.»

Es realmente peligroso como evita usted enfrentarse directamente con el asunto de los judíos: Usted se siente «profundamente afectado» por el comportamiento de todos aquellos que hicieron sufrir a los judíos en el curso de la historia. Parece que en este punto usted reprime totalmente la culpa de la Iglesia, a pesar de que fue ella la que habló de los «asesinos de Dios», estigmatizando así por siglos a los judíos, de manera que Adolfo Hitler, según sus propias declaraciones, llevó a cabo sólo lo que la Iglesia ya había preparado espiritualmente. ¿Quién garantiza a los judíos y a otras religiones rechazadas por la Iglesia que pueden estar realmente protegidos de otras persecuciones por parte de la Iglesia, si ésta demuestra tan poca disposición para reconocer su responsabilidad moral en el holocausto, y en vez de ello habla desvergonzadamente de una «ideología pagana»?

Según la enseñanza católica, para que una confesión sea válida no sólo corresponden el arrepentimiento sincero y el buen propósito de no volver a cometer los antiguos pecados, sino también la reparación. En el Catecismo de la Iglesia católica publicado por usted, en el párrafo 1459 dice: «Muchos pecados causan daños al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.» ¿Cuándo devolverá la Iglesia el producto de sus robos, que es la base de su riqueza increíble: La fortuna de los herejes, el dinero de las «brujas», los tesoros robados a las tribus indias, las tierras de las que se apropió indebidamente por medio de documentos cuya falsificación ha sido comprobada? ¿Cuándo vaciará la Iglesia sus depósitos de tesoros para formar un fondo mundial de reparación, para los descendientes de los negros y de los indios «evangelizados» por ella, para las víctimas de la persecución judía y también para las víctimas de las torturas cometidas por los dictadores modernos, que han sido sólo posibles porque la Iglesia, como autoridad moral de occidente, ha demostrado al mundo durante siglos de la manera más cruel cómo hay que tratar a las minorías religiosas, raciales y políticas.

Cuándo se liberará la Iglesia de sus propios maestros de la violencia, por ejemplo, de un «san» Agustín, que proclamaba la tortura como «una cura para el alma», de un «san» Bernardo de Claraval, que hizo quemar a los cátaros, o de «santo» Tomás de Aquino, que condujo a los herejes a los verdugos del Estado? ¿Quiere santificar en serio a un hombre como Pío XII, que apoyó la guerra de Hitler contra Rusia y que calló ante el holocausto?

¿Y qué pasa en el Más allá con los millones de herejes asesinados y enviados a la «condenación eterna»? Como en su «mea culpa» no se les menciona con ninguna palabra, su destino espiritual permanece incierto. ¿Liberará la Iglesia a estas «pobres almas» de la condenación, para maldecir en su lugar a sus verdugos eclesiásticos?

Nosotros somos cristianos libres que queremos seguir al Cristo del Sermón de la Montaña. Por eso estamos en contra de que la Iglesia haga de su propia culpa, que es enorme, una culpa colectiva de todos los cristianos. Su declaración no tiene nada que ver con el Cristo del Sermón de la Montaña, en tanto la Iglesia no vea la viga en su propio ojo y continúe haciendo responsables a sus «hijos e hijas» de los delitos de papas y cardenales. En ese caso tampoco desaparece el peligro de que la Iglesia vuelva a encender las hogueras que fueron apagadas sólo bajo la influencia del movimiento mundial de los derechos humanos.

Respetado Papa Juan Pablo, nosotros esperamos que esta carta llegue realmente a sus manos y que recibamos una respuesta suya. En tanto esto no suceda, la haremos pública, para dar a conocer después también su respuesta.

Cordialmente

Los Cristianos libres por el Cristo del Sermón de la Montaña

Johannes Meier

(Traducción del documento original en alemán)

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